La historia de Isabel Woodville es increíble. Pasó de no tener ni dónde vivir a convertirse en la mismísima reina consorte de Inglaterra.
HBO acaba de estrenar en España La Reina Blanca, una serie que cuenta la historia de esta singular mujer. Está basada en una novela de Philippa Gregory. Su existencia tuvo grandes alegrías pero estuvo marcada por las tragedias: Isabel llegó a lo más alto pero pagó muy caro las consecuencias. Su escandaloso matrimonio con el rey Eduardo IV es lo que llevó a la usurpación del trono veinte años después por parte de Ricardo III, el famoso malvado de Shakespeare. Indirectamente, la elección de Isabel Woodville como reina por parte de Eduardo echó a perder la dinastía Plantagenet y terminó causando la ascensión al trono de los famosos Tudor.
Para entender qué fue lo que pasó, es necesario repasar la historia de Isabel Woodville. Al menos, desde el momento en que el rey de Inglaterra se fijó en ella y el rumbo de la historia de Inglaterra cambió por completo.

En 1464, Isabel Woodville era una hermosa viuda de veintisiete años. La victoria de Eduardo IV, el nuevo rey de la Casa de York, había causado la muerte en el campo de batalla de su marido, un caballero partidario de la casa rival de Lancaster. Con el cambio de monarca y gobierno, Isabel cayó en desgracia, perdió sus tierras y la herencia de sus dos hijos y tuvo que volver a vivir con sus padres en Grafton Regis, en el condado de Northamptonshire. Su única esperanza era volver a casarse, pero al pertenecer a la aristocracia (su padre era el barón de Rivers y su madre, Jacquetta de Luxemburgo), no podía hacerlo sin dote ni nada que ofrecer materialmente.
Cuando la situación se hizo insoportable para ella, Isabel se dio cuenta de que si quería recuperar lo que era suyo, iba a tener que suplicar. La única opción que tenía era pedirle al nuevo rey que le devolviera sus propiedades. Dice la leyenda que, una mañana, Isabel descubrió que Eduardo IV iba a pasar por Grafton Regis de camino a una jornada de caza y que, sin pensárselo dos veces, cogió a sus dos hijos y se sentó a esperarle junto a un roble.
La versión más práctica y menos legendaria de la historia afirma que la joven viuda pidió ayuda a uno de los amigos y consejeros de Eduardo, que la llevó hasta el monarca para que hiciera su petición directamente.
Las dos versiones terminan en la misma verdad: cuando Eduardo IV vio a Isabel Woodville, se quedó prendado. ¿Fue por su preciosa cara? ¿Por su maravillosa melena rubia?


En realidad, si Isabel Woodville tenía el pelo bonito, Eduardo no pudo verlo, al menos, no en su primer encuentro. En 1464 se estilaba un tocado enorme con forma de cono, un accesorio incómodo que mantenía el cabello debidamente recogido en lo alto. En la Edad Media, las mujeres llevaban siempre el pelo cubierto ya que se consideraba indecoroso lucirlo suelto. Al ser viuda, Isabel debía, además, llevar un velo blanco ocultando parte de su rostro. Los tocados y los velos son siempre un problema a la hora de rodar ficción histórica romántica, de modo que en La Reina Blanca decidieron prescindir de esos accesorios tan poco sensuales. Para mostrar su precaria situación financiera, vemos a la actriz que interpreta a Isabel, Rebecca Ferguson, con vestidos muy sencillos y una total ausencia de joyas.
En The Hollow Crown, la producción de la BBC que recoge todos los acontecimientos de la guerra de las dos rosas, sí podemos ver a Isabel Woodville con un velo blanco.



Según todos los cronistas de la época, Eduardo IV era un hombre increíblemente guapo, atlético y de una descomunal altura de 1’93 cm. Todo un peligro para las mujeres. “Es un rey libidinoso en extremo. Persigue a las casadas, a las doncellas, a las nobles y a las pobres y las conquista a base de promesas. Después de seducirlas, para disgusto de las damas, las desecha y las cede a otros cortesanos o a sus amigos”, escribió un observador de la corte.
Después de concederle sus tierras, Eduardo pensó que podría hacer lo mismo con Isabel, pero no fue así. Durante los días de cortejo, mientras el rey intentaba llevársela a la cama y ella se resistía, se cuenta que hubo un intento de violación que terminó con Isabel sacando una daga para defenderse. Mito o realidad, la pareja se casó en secreto el 1 de mayo en la capilla St Mary de Grafton Regis. Después de pasar el día en la cama con su esposa, el recién casado volvió a la corte “agotado”, diciendo que había estado de caza en el bosque.
¿Por qué Eduardo IV se casó con Isabel a escondidas? Como rey de Inglaterra, y más en una era tan turbulenta como aquella, en plena Guerra de las Dos Rosas, casarse por amor era un lujo que no podía permitirse. Debía contraer un matrimonio provechoso con una princesa extranjera que le aportara dinero, tierras y aliados. Con ese fin sus hombres de confianza llevaban meses negociando un matrimonio con Bona de Savoya, la cuñada del rey de Francia, Luis XI.
En septiembre de 1464, cuando sus consejeros insistieron en que formalizara de una vez el compromiso con Bona, Eduardo IV confesó que no podía ser, porque ya estaba casado con otra.

Los hombres de Eduardo se quedaron horrorizados al saber la identidad de la nueva reina de Inglaterra: “no importa lo hermosa que sea, es la hija de un simple caballero. No es la mujer adecuada para un príncipe como vos y vos lo sabéis tan bien como nosotros”, le espetaron. La madre del rey, la duquesa Cecilia, estaba tan furiosa con la noticia que se negó a asistir a la coronación de Isabel.
¿Tan guapa era Isabel Woodville? Sí, los textos la describen como una mujer bellísima. Tenía los ojos azules, la piel blanca considerada ideal entonces, la frente despejada y el cabello rubio y muy largo. “Sus párpados son alargados como los de un dragón”, dijo un observador. Otros la describen como adorable, con una figura perfecta y una “sonrisa muy femenina”.
Su carácter era otra cosa: Isabel Woodville era arrogante, vengativa y avariciosa. Lo demostró desde el principio casando a sus doce hermanos y hermanas con todos los miembros de la nobleza inglesa que había disponibles. Así, la posición de los Woodville estaba asegurada; siempre estarían en los puestos más altos de la corte y emparentados con las familias más importantes del país. Algunos de esos matrimonios causaron mucho malestar, como el matrimonio “diabólico” entre el hermano de Isabel, John Woodville, de veinte años, y la rica duquesa viuda de Norfolk, que tenía sesenta y seis.
La reverencia con la que Eduardo IV exigió que se tratara a su reina era tan exagerada que no hizo más que agravar la envidia y el resentimiento de los nobles. En una cena, las damas de Isabel tuvieron que permanecer arrodilladas frente a su señora durante más de tres horas, incluida su propia madre, y cada vez que tocaba cambiar de plato, un sirviente le traía su corona para que se la pusiera y se la volviera a quitar con gran ceremonia. Un visitante extranjero comentó que era la primera vez que veía a una reina comportarse con tanta pompa.

En 1470, la situación era tan insostenible que el gran aliado de Eduardo IV, el Hacedor de Reyes Richard Neville, le traicionó y restauró en su lugar a Enrique VI, el aspirante a rey de la Casa de Lancaster. Eduardo huyó al extranjero y su reina, embarazada de ocho meses, cogió a sus dos hijos mayores y a las tres princesas que había tenido con el rey (Isabel, Cecilia y María) y se acogió a sagrado en una catedral. Allí vivió de manera miserable y “abandonada por todos sus amigos” durante casi un año. Cuando nació su primer príncipe, un varón al que Isabel llamó Eduardo, el bautizo fue tan sencillo como el del “hijo de un hombre pobre”.
Después de una última y sangrienta batalla, la Guerra de las Dos Rosas se calmó, Eduardo IV recuperó la corona y todo volvió a la normalidad. Durante más de una década, la pareja vivió en relativa paz, y cuando nació el segundo hijo varón del matrimonio, el príncipe Ricardo, en 1473, la dinastía York parecía más fuerte y segura que nunca. Ni en sus peores pesadillas Isabel hubiera imaginado que lo iba a perder todo en menos de diez años.

La corte de Eduardo e Isabel era la más espectacular que se recuerda en la Inglaterra medieval. La reina tenía un presupuesto anual de mil libras en ropa, que gastaba en vestidos azules, cuellos de piel, piezas de oro de Borgoña y mantos de armiño. No era una gran apasionada de la moda y prefería acumular riqueza en forma de propiedades.
¿Era Isabel Woodville una bruja? Es cierto que la reina presumía de ser descendiente de Melusina, una diosa mitad mujer mitad serpiente muy popular en la mitología medieval y su madre, Jacquetta, fue acusada de brujería durante la breve restauración de Enrique VI. La madre y los hermanos de Eduardo estaban convencidos de que Isabel y Jacquetta hacían hechizos en secreto y que así fue como consiguieron que la extraña boda de 1464 se llevara a cabo.
Las infidelidades de Eduardo eran conocidas en toda Inglaterra, pero Isabel hacía lo que se esperaba de una reina en esa situación: mirar hacia otro lado.

En abril de 1483, Eduardo IV enfermó de neumonía después de una jornada de pesca. Aprovechó sus últimas horas para poner en orden la cuestión de la sucesión, o eso creía él. Su heredero, el príncipe Eduardo, tenía solo doce años y era demasiado joven para reinar: era necesario designar a un protector para que tomara decisiones por él. El elegido fue su hermano Ricardo, duque de Gloucester, que vivía en el norte del país.
Isabel juró en el lecho de muerte de su marido que respetaría sus deseos, pero cuando Eduardo IV falleció, ordenó a sus hermanos que fueran a por el príncipe a Gales y le trajeran a Londres para ser coronado de inmediato. Su intención era mantener el poder de los Woodville y gobernar a través de su hijo. Pero el duque de Gloucester fue más rápido y se hizo con el control del príncipe después de interceptarlo a mitad de camino.
Cuando la reina se enteró de que su cuñado tenía al niño, comprendió la magnitud de los problemas que se avecinaban. Su cuñado aborrecía a los Woodville y, como protector legal del reino, tenía suficiente poder como para acabar con todos ellos. Y lo peor, sospechaba que podía incluso usurpar el trono. Por segunda vez en su vida, Isabel Woodville tenía que acogerse a sagrado con todos sus hijos. Su única esperanza era su segundo hijo varón, ya que, si algo malo le sucedía al príncipe Eduardo, su hermano pequeño pasaría a ser el nuevo rey.
Mientras sus criados metían todas sus pertenencias en baúles y cofres, Isabel se quedó sentada en el suelo, mirando al vacío, con todo su largo cabello rubio suelto y despeinado.

Lo que sucedió a continuación refleja bien por qué era necesario que los reyes se casaran con princesas extranjeras y no con plebeyas. Isabel, sin Eduardo IV, era una mujer sin influencia alguna, tan indefensa como cuando enviudó por primera vez. No era hija, hermana o pariente de un rey que pudiera responder por ella y protegerla. Su única protección era la Iglesia y ni siquiera eso le sirvió de gran cosa. Cuando el duque de Gloucester amenazó con usar la fuerza si no le entregaba a su segundo hijo, a la reina no le quedó otro remedio que ceder.
Con los dos hijos varones de Eduardo IV en custodia, el duque de Gloucester reveló sus auténticas intenciones: anular el derecho al trono de sus sobrinos y convertirse en el nuevo rey. Para conseguirlo, utilizó un viejo rumor que llevaba años circulando por Inglaterra y que muchos daban por cierto. En 1461, antes de conocer a Isabel, Eduardo IV había prometido matrimonio a otra viuda, Eleanor Butler, a cambio de que yaciera con él. Según la Iglesia Católica, una promesa solemne se consideraba igual de válida que una boda. Por lo tanto, el matrimonio del rey con Isabel Woodville era nulo, ella una simple dama y no una reina, todos sus hijos bastardos declarados y el duque de Gloucester el heredero legítimo al trono. Todo ello quedó recogido en el documento oficial Titulus Regius.
Los dos hijos de Eduardo IV e Isabel, que hasta entonces estaban encerrados en la Torre de Londres, desaparecieron por completo y nunca más se supo de ellos. Pasaron a la historia como Los Príncipes de la Torre.

Si su matrimonio no había sido legal, todas las propiedades que Isabel Woodville había acumulado como reina no le pertenecían, de modo que fueron confiscadas. Ahora, Isabel era casi igual de pobre que cuando conoció a Eduardo IV. Aunque los historiadores no comprenden cómo es posible que terminara haciendo los paces con Ricardo III, ¿tenía otra opción? A la reina todavía le quedaban cinco hijas que no podían pasarse el resto de su vida acogidas a sagrado. El rey juró ante toda la corte no hacer ningún daño a las hijas de su hermano muerto y las princesas York fueron a la corte de su tío. Isabel volvió a la casa de Grafton Regis, donde permaneció en arresto domiciliario. Incapaz de vivir sin influencia y poder, Isabel depositó sus esperanzas en el nuevo pretendiente a la corona: Enrique Tudor, un noble con un turbio derecho al trono que vivía exiliado en Borgoña. Con los príncipes muertos, la heredera de facto para muchos era la princesa Isabel, la hija mayor de Eduardo IV.
Enrique Tudor juró casarse con ella si conseguía derrotar a Ricardo III, lo que hizo, para sorpresa de todos los que nunca habían dado por un duro por él, en agosto de 1485. La guerra de las dos rosas había terminado oficialmente. Enrique VII cumplió su palabra y se casó con la princesa Isabel después de revertir el Titulus Regius de Ricardo III.
Con su hija coronada reina consorte de Inglaterra, parecía que todos los problemas de Isabel Woodville habían llegado a su fin, pero no fue así. En lugar de casar al resto de sus hijas con príncipes o duques, como era lo esperado al tratarse de princesas de sangre real, Enrique VII arregló matrimonios para ellas con nobles de medio pelo. En cuanto a su suegra, le asignó una pensión mediocre que a veces llegaba con retraso. Isabel Woodville, toda una reina, tenía que escribir humillantes cartas declarando el dinero.

El gran dolor de cabeza durante el reinado de Enrique Tudor fue la aparición de farsantes asegurando ser el príncipe Ricardo, uno de los dos hijos desaparecidos de Isabel y Eduardo IV. Uno de ellos, Perkin Warbeck, llegó tan lejos con la patraña que convenció a Carlos VIII de Francia de que era el heredero perdido del trono de Inglaterra y consiguió ayuda financiera para armar una rebelión.
Se sospecha que la reina formó parte de la última conspiración contra Enrique Tudor, y que esa es la razón por la que Isabel Woodville terminó retirándose al convento en el que murió en 1492, a los 55 años. Su testamento demuestra que no tenía ni un solo objeto de valor ni dinero que dejarle a sus herederos. Pidió un funeral sencillo y su última voluntad fue ser enterrada junto a Eduardo, el hombre que cambió su vida por amor.







Que interesante, me encantan estos culebrones de la realeza. Me apunto la serie 🙂
¡Me ha gustado mucho este post! Me encantan la historia de la monarquía europea y ver series / leer libros que nos ayuden a entenderla mejor. Así que he visto la serie de la que nos hablas hoy y también “The hollow crown”, que está basada en las novelas de Shakespeare sobre la guerra entre los york y los lancaster para hacerse con el poder (después siempre me ayudaba de la wikipedia para no perderme entre tanto rey y cortesano jaja).
Donde has visto The Hollow Crown?
Me encanta Tom Hiddleston en esta serie por cierto, sale muy guapete.
Gracias!
De nada ?
a mi me apasionan las historias de los plantagenet mil veces mas que la de cualquiera de los tudor y las mujeres de enrique viii
y totalmente de acuerdo, el cine y las series son injustos con isabel, en the hollow crown la sacan bien entradita en años desde el primer dia.
por cierto en the hollow crown efectivamente lleva el velo blanco de viuda que mencionas
y me sorprende que en veinte años como reina solo se hiciera un retrato
Muy buen artículo, Daiquiri. A mi también me gusta leer cosas de la realeza. Me he abonado a una revista francesa, Point de Vue, que trata sobre las familias reales de todo el mundo. De vez en cuando añaden un suplemento de Historia, que resulta ser muy, muy interesante!
Buen fin de semana, chicas!
Si, estos post molan mucho. Y me gustan mucho las fotos y gifs que sube Daiquiri, el actor es de los Pilares de la Tierra?
Yo estoy enganchada a Netflix, con The Last Kingdom y The Crown.
Daiquiri, has visto Da Vinci’s Demons? No es una serie que sea buenisima pero si entretenida, pero te lo digo sobre todo por la actriz, Laura Haddock, que es guapisima y en esa serie sale absolutamente espectacular, interpreta a Lucrezia, amante de Leonardo Da Vinci y un Medici.
Súper recomendable verla tan bellisima en la serie!
Es Max Irons, el hijo de Jeremy Irons. Sale macizo macizo en la serie jaja.
Adoro estas historias!, y finalmente son la vida misma, se puede sacar mucho mirando para atrás y entendiendo el juego de la vida de las familias poderosas. Y cómo siempre por muchos apellidos y tierras el atractivo humano rompe los esquemas.