Si hay una mujer que pasó por un calvario por culpa de los quilos de más, esa fue la gran Elizabeth Taylor.
Hay cosas que siempre me entristecerá haberme perdido. Una de ellas es el libro de consejos para perder peso que Elizabeth Taylor publicó en 1986, ya descatalogado. En él explicaba con sentido del humor y atrevimiento su personal batalla contra la báscula, de la que salió exitosa y contra todo pronóstico a los cincuenta años.
Menos mal que existe internet y pueden leerse algunos fragmentos en revistas online. No tienen desperdicio.
En los años 60, Elizabeth Taylor comía huevos revueltos y una mimosa para desayunar, bacon y queso entre horas, y pollo frito, patatas y un vaso de Jack Daniels para cenar. Le encantaban los caprichos decadentes como pedir que le enviaran salchichas en avión desde Londres o exigir que le trajeran su chile favorito al set de Cleopatra todos los días. Era parte de su pasión por el hedonismo.

Todo terminó cuando se casó con el senador John Warner en 1976. De estrella aficionada al lujo pasó a ser una esposa de político a tiempo completo. Al principio, estaba fascinada con la vida sencilla de su sexto marido, pero la pareja no tardó en chocar, en parte, por la manera de vestir de la actriz. A John Warner le horrorizaban los enormes turbantes, la ropa de satén y los collares de diamantes que tanto adoraba Elizabeth y que formaban parte de su esencia. No eran los accesorios adecuados para la mujer de un político.
Elizabeth Taylor prometió dejar la ostentación, pero no fue suficiente. La transición a compañera discreta debía ser total: “Un día, los asesores de John me dijeron que ya no podía llevar ropa violeta, mi color favorito, porque a la gente le recordaba a la realeza”, contó. Estaba tan deprimida que no podía parar de comer. Los invitados que iban a su casa en la época recuerdan cómo engullía cinco postres seguidos y se bebía varias botellas de champagne ella sola.
Esta es la evolución en imágenes de Elizabeth Taylor de 1976 hasta 1979.




Liz sabía que había pasado de ser voluptuosa a tener sobrepeso: llevaba años leyendo los artículos de los periódicos y oyendo las burlas de las demás actrices, encantadas de ver la decadencia física de la que había sido la mujer más bella de Hollywood. Una noche se quitó su batín de seda, se colocó delante de su espejo tridimensional y quiso morirse cuando vio su cuerpo desnudo. “¡No! ¡No! Esto no puede ser… ¡es ridículo!”, se dijo a sí misma. Al día siguiente, pidió el divorcio y entró en la clínica Betty Ford para curarse de su adicción al alcohol y a los medicamentos.
Verse sin ropa frente al espejo fue el momento click que, según Elizabeth Taylor, deben sentir todas las mujeres que quieren adelgazar de veras. Sin ese instante decisivo, todas las dietas o días de ayuno están condenados al fracaso.
Cuando la estrella reapareció en público, lo hizo con casi treinta quilos menos.

El método para adelgazar de Elizabeth Taylor consistía en una disciplina de seis días semanales a base de fruta y verdura, proteína magra, queso cottage y manteca de cacahuete. Cada mañana, sin excepción, tomaba el mismo desayuno: una tostada y una pieza de fruta. Para evitar la sensación de restricción, se concedía un día para comer todo lo que le apetecía. Solía elegir pastel, un martini de chocolate, patatas fritas y palomitas. Pero el día de indulgencia, advertía, solo funcionaba una vez alcanzado el peso ideal, no antes.
Las recaídas eran normales. Después de perder sus primeros quince kilos, volvió a recuperarlos cuando Richard Burton, su ex, se casó con otra mujer. Luego, le tocó ver cómo perdía diez kilos de líquido después de dejar el alcohol, para luego ganar más de quince de peso sólido. Su personalidad obsesiva y adictiva también fue un problema: solo paró de adelgazar cuando vio que se estaba quedando sin pecho. “Es necesario encontrar un peso que nos haga sentir bien con ropa y sin ropa”, afirmaba la diva.

La Liz delgada aprendió que no pasaba nada si volvía a engordar. Ahora sabía lo que tenía que hacer para perder peso. Es lo que sucedió cuando Franco Zeterelli le pidió que engordara seis quilos para interpretar a una cantante de ópera. La actriz engordó a base de comida italiana en lugar de pollo frito y recuperó la línea muy poco tiempo después.
Estaba tan por encima de todo que en su libro le dio la vuelta a los dardos envenenados más crueles de sus compañeras. En respuesta al comentario de Joan Rivers “está tan gorda que le pone mayonesa a las aspirinas”, Elizabeth incluyó tres recetas de mayonesa light en el libro. Cuando se enteró de que su ex amiga Debbie Reynolds tenía una foto de Elizabeth cuando estaba más gorda que nunca pegada en la nevera, ella decidió hacer lo mismo: “Pensé que si a Debbie le funcionaba usar una foto mía para no engordar, a mí también. De hecho, os invito a que utilicéis esas fotos, no pongo ninguna objeción. ¡Tenéis cientos para elegir!”.







Yo con lo que flipo es que te dé el ingenio para hacer un post sobre esta etapa de Liz Taylor!!
Me ha gustado mucho
Es muy talentosa, realmente una maravilla de blog.
¡Gracias!
Genial post!
Me encantaría un post sobre ropa o prendas básicas de invierno. Estoy segura que hay muchas lectoras más interesadas
Me encantaría haber leído el libro a mí también, ha sido de las mujeres mas espectaculares del cine, y su personalidad para decir lo que le daba la gana, me ha fascinado siempre.
Que guapa con el vestido rojo y que guapo el marido, no le conocía